17.8.03
Las mansas pasiones de Vicent
El valenciano Manuel Vicent es uno de los autores españoles más cercanos a las letras latinoamericanas, especialmente a las del boom. Para nadie es un secreto la influencia de García Márquez sobre la prosa y el periodismo de Vicent, aunque en su nueva novela, Cuerpos sucesivos, sea quizá mucho más perceptible la sombra de Julio Cortázar.
El libro plantea la historia de la relación de David -un profesor de literatura en el borde de la senectud, que pasa los días indagando la existencia de una hipotética hija de García Lorca- quien conoce en la Residencia de Estudiantes de Madrid a Ana, una atractiva chica en la treintena, violonchelista de profesión, con la que de inmediato encontrará el renacimiento de sus ilusiones eróticas.
Ana le confesará a David la sumisión sexual a la que la tiene sometida uno de sus colegas, un pianista rumano con una mórbida obsesión por la sangre, y conseguirá con ello involucrarlo a en un curioso menage-a-trois, que lo mismo dará pie a líricas escenas de sexo que al contraste de diferentes opiniones sobre la belleza y la estética. El elemento de la fantasía cortazariana se hace presente a través de Martín, un hombre que parece no existir pero al que Ana invoca a gritos cada que se precipita el éxtasis.
Tras el éxito alcanzado con novelas como Las horas paganas, Son de mar o La novia de Matisse (Alfaguara 1999,2000 y 2001, respectivamente), además de sus colaboraciones periodísticas para el diario El País, Vicent se ha convertido en uno de los indiscutibles ante la crítica literaria en España. Cuerpos sucesivos justifica en parte esa etiqueta, especialmente por el indudable oficio literario del autor. Sin embargo, es también un libro que se queda corto a la hora de transmitir la violencia de sus personajes.
Al contrario de autores como el británico D.H. Lawrence o el francés Georges Bataille, quienes convirtieron sus irrupciones en el campo de la literatura erótica en una continua trasgresión formal, estilística y temática, Vicent ha escrito un libro donde el sexo es a fin de cuentas heraldo del amor, y que se agota en su pretensión de conciliar las pasiones.
Bogdan Vasile, el amante de Ana, es un celoso y maloso arquetípico, apenas aliviado por algún pasaje poco solemne. Ana, por su parte, es una de esas mujeres a prueba de balas que tanto han frecuentado los libros de Ángeles Mastretta y Marcela Serrano. Y David, quien es a fin de cuentas el eje de la novela, no parece sino un vehículo para que Vicent exprese algunas ideas no muy interesantes sobre la fuerza del amor, reforzadas por el final de telenovela del libro.
Para quienes se complazcan en una novela erótica llena de buena educación y buenos sentimientos, Cuerpos sucesivos será una compra interesante. Para los demás, el volumen será sólo una prueba de que el exceso de publicaciones –casi una novela por año desde hace un decenio- de Vicent le ha ido restando poder de expresión y filo narrativo.
El valenciano Manuel Vicent es uno de los autores españoles más cercanos a las letras latinoamericanas, especialmente a las del boom. Para nadie es un secreto la influencia de García Márquez sobre la prosa y el periodismo de Vicent, aunque en su nueva novela, Cuerpos sucesivos, sea quizá mucho más perceptible la sombra de Julio Cortázar.
El libro plantea la historia de la relación de David -un profesor de literatura en el borde de la senectud, que pasa los días indagando la existencia de una hipotética hija de García Lorca- quien conoce en la Residencia de Estudiantes de Madrid a Ana, una atractiva chica en la treintena, violonchelista de profesión, con la que de inmediato encontrará el renacimiento de sus ilusiones eróticas.
Ana le confesará a David la sumisión sexual a la que la tiene sometida uno de sus colegas, un pianista rumano con una mórbida obsesión por la sangre, y conseguirá con ello involucrarlo a en un curioso menage-a-trois, que lo mismo dará pie a líricas escenas de sexo que al contraste de diferentes opiniones sobre la belleza y la estética. El elemento de la fantasía cortazariana se hace presente a través de Martín, un hombre que parece no existir pero al que Ana invoca a gritos cada que se precipita el éxtasis.
Tras el éxito alcanzado con novelas como Las horas paganas, Son de mar o La novia de Matisse (Alfaguara 1999,2000 y 2001, respectivamente), además de sus colaboraciones periodísticas para el diario El País, Vicent se ha convertido en uno de los indiscutibles ante la crítica literaria en España. Cuerpos sucesivos justifica en parte esa etiqueta, especialmente por el indudable oficio literario del autor. Sin embargo, es también un libro que se queda corto a la hora de transmitir la violencia de sus personajes.
Al contrario de autores como el británico D.H. Lawrence o el francés Georges Bataille, quienes convirtieron sus irrupciones en el campo de la literatura erótica en una continua trasgresión formal, estilística y temática, Vicent ha escrito un libro donde el sexo es a fin de cuentas heraldo del amor, y que se agota en su pretensión de conciliar las pasiones.
Bogdan Vasile, el amante de Ana, es un celoso y maloso arquetípico, apenas aliviado por algún pasaje poco solemne. Ana, por su parte, es una de esas mujeres a prueba de balas que tanto han frecuentado los libros de Ángeles Mastretta y Marcela Serrano. Y David, quien es a fin de cuentas el eje de la novela, no parece sino un vehículo para que Vicent exprese algunas ideas no muy interesantes sobre la fuerza del amor, reforzadas por el final de telenovela del libro.
Para quienes se complazcan en una novela erótica llena de buena educación y buenos sentimientos, Cuerpos sucesivos será una compra interesante. Para los demás, el volumen será sólo una prueba de que el exceso de publicaciones –casi una novela por año desde hace un decenio- de Vicent le ha ido restando poder de expresión y filo narrativo.
Lo mejor de Vargas Llosa, reeditado
Como si Alfaguara olisqueara ya la inminencia de un premio Nobel, ha comenzado a publicar de nueva cuenta las primeras novelas del escritor hispano-peruano Mario Vargas Llosa en “ediciones definitivas” que agregan las diversas correcciones realizadas a lo largo de los años por el autor.
Estas reediciones –en rústica y que conservan escrupulosamente los signos externos de los volúmenes comunes de la editorial- reúnen la parte más reconocida del trabajo literario de Vargas Llosa, es decir, sus primeras seis novelas: La ciudad y los perros (1963), La casa verde (1966), Conversación en La Catedral (1969), Pantaleón y las visitadoras (1973), La tía Julia y el escribidor (1977) y La guerra del fin del mundo (1981).
Arquitecto de tramas memorables, ensayista tan seducido por la estética como por la ética, polemista feroz y en no pocas ocasiones certero, Vargas Llosa es uno de los escasos ejemplares de hombre de letras de su generación que parece resistir el paso de los años. Mientras la mayoría de sus compañeros del boom latinoamericano se afanan en demostrar que tienen más pasado literario que futuro (García Márquez fungiendo como empresario, y Carlos Fuentes despachando cada pocos meses un nuevo libro), él ha continuado publicando al ritmo de siempre textos de buena factura que complacen a la vez a la crítica, y a millares de lectores en América Latina, Europa y Estados Unidos (valgan por ejemplos La fiesta del Chivo o la reciente El paraíso en la otra esquina).
Sin embargo, su notoriedad intelectual no proviene solamente de las excelencias de su prosa. Las notas biográficas suelen enumerar vertiginosamente los premios que ha recibido (Cervantes, Príncipe de Asturias, Rómulo Gallegos, Planeta, Biblioteca breve), pero suelen dejan de lado la faceta más visible de su trabajo en los años recientes: la de defensor a ultranza del liberalismo y refutador de las ideas de corte socialista con las que en el pasado tuvo afinidad.
Elocuente para ejercer la crítica e inamovible en sus convicciones individualistas, Vargas Llosa acostumbra la controversia como otros el café de la mañana. Se recuerda que en el encuentro Vuelta de intelectuales de 1989 provocó la indignación de los medios oficiales mexicanos (y un buen sofocón a Octavio Paz, organizador y alma del proyecto) al describir el régimen del PRI como una “dictadura perfecta” que copaba con poco esfuerzo a su oposición y desarmaba con prebendas a sus críticos.
“Piedra de toque”, la columna mensual que escribe para decenas de los periódicos más leídos del planeta, es la catapulta desde donde ha bombardeado lo mismo a su gran rival, el ex presidente populista peruano Alberto Fujimori (quien lo derrotó en las elecciones de 1990), que a caudillos como Fidel Castro o Hugo Chávez, al movimiento globalifóbico o a grupos terroristas como ETA.
Pese a ese fundamental carácter combativo, en “Piedra de toque” tampoco ha faltado espacio para los ensayos sobre algunos de los autores que lo apasionan (Dinesen, Naipaul, Flaubert). Al margen de las opiniones de Vargas Llosa, esos ensayos suelen poseer la virtud de infundir en el lector el deseo de acercarse a los autores en cuyo honor fueron escritos.
Si la Academia Sueca premia finalmente al hispano-peruano con el Nobel (al que ha sido aspirante ritual desde hace casi un cuarto de siglo), estas reediciones adquirirán un mayor sentido comercial que el que, de entrada, parecen tener. Aunque, de cualquier modo, son una buena opción para que los neófitos (¿los habrá?) tomen contacto con una de las voces imprescindibles de la narrativa en idioma español.
Como si Alfaguara olisqueara ya la inminencia de un premio Nobel, ha comenzado a publicar de nueva cuenta las primeras novelas del escritor hispano-peruano Mario Vargas Llosa en “ediciones definitivas” que agregan las diversas correcciones realizadas a lo largo de los años por el autor.
Estas reediciones –en rústica y que conservan escrupulosamente los signos externos de los volúmenes comunes de la editorial- reúnen la parte más reconocida del trabajo literario de Vargas Llosa, es decir, sus primeras seis novelas: La ciudad y los perros (1963), La casa verde (1966), Conversación en La Catedral (1969), Pantaleón y las visitadoras (1973), La tía Julia y el escribidor (1977) y La guerra del fin del mundo (1981).
Arquitecto de tramas memorables, ensayista tan seducido por la estética como por la ética, polemista feroz y en no pocas ocasiones certero, Vargas Llosa es uno de los escasos ejemplares de hombre de letras de su generación que parece resistir el paso de los años. Mientras la mayoría de sus compañeros del boom latinoamericano se afanan en demostrar que tienen más pasado literario que futuro (García Márquez fungiendo como empresario, y Carlos Fuentes despachando cada pocos meses un nuevo libro), él ha continuado publicando al ritmo de siempre textos de buena factura que complacen a la vez a la crítica, y a millares de lectores en América Latina, Europa y Estados Unidos (valgan por ejemplos La fiesta del Chivo o la reciente El paraíso en la otra esquina).
Sin embargo, su notoriedad intelectual no proviene solamente de las excelencias de su prosa. Las notas biográficas suelen enumerar vertiginosamente los premios que ha recibido (Cervantes, Príncipe de Asturias, Rómulo Gallegos, Planeta, Biblioteca breve), pero suelen dejan de lado la faceta más visible de su trabajo en los años recientes: la de defensor a ultranza del liberalismo y refutador de las ideas de corte socialista con las que en el pasado tuvo afinidad.
Elocuente para ejercer la crítica e inamovible en sus convicciones individualistas, Vargas Llosa acostumbra la controversia como otros el café de la mañana. Se recuerda que en el encuentro Vuelta de intelectuales de 1989 provocó la indignación de los medios oficiales mexicanos (y un buen sofocón a Octavio Paz, organizador y alma del proyecto) al describir el régimen del PRI como una “dictadura perfecta” que copaba con poco esfuerzo a su oposición y desarmaba con prebendas a sus críticos.
“Piedra de toque”, la columna mensual que escribe para decenas de los periódicos más leídos del planeta, es la catapulta desde donde ha bombardeado lo mismo a su gran rival, el ex presidente populista peruano Alberto Fujimori (quien lo derrotó en las elecciones de 1990), que a caudillos como Fidel Castro o Hugo Chávez, al movimiento globalifóbico o a grupos terroristas como ETA.
Pese a ese fundamental carácter combativo, en “Piedra de toque” tampoco ha faltado espacio para los ensayos sobre algunos de los autores que lo apasionan (Dinesen, Naipaul, Flaubert). Al margen de las opiniones de Vargas Llosa, esos ensayos suelen poseer la virtud de infundir en el lector el deseo de acercarse a los autores en cuyo honor fueron escritos.
Si la Academia Sueca premia finalmente al hispano-peruano con el Nobel (al que ha sido aspirante ritual desde hace casi un cuarto de siglo), estas reediciones adquirirán un mayor sentido comercial que el que, de entrada, parecen tener. Aunque, de cualquier modo, son una buena opción para que los neófitos (¿los habrá?) tomen contacto con una de las voces imprescindibles de la narrativa en idioma español.
El héroe en babuchas
La historia, como ya supieron Nietszche y los estoicos, es un proceso condenado a rescribirse. Sin embargo, el pensador alemán y sus antecesores clásicos aseguraban que eso sucedería en etapas enormes de tiempo, en ciclos inmensos de eras y edades. Impaciente ante tal desmesura, el psiquiatra y ufólogo John E. Mack ha decidido rescribir la historia un poco antes y ha utilizado casi 700 páginas para estudiar la vida del capitán T.E. Lawrence, mejor conocido como Lawrence de Arabia, muerto en una fecha tan relativamente reciente como 1929 y considerado entre sus compatriotas británicos como un héroe desde entonces. El esfuerzo de Mack resulta colosal, especialmente si se toma en cuenta que la fuente esencial de información sobre Lawrence es un largo texto autobiográfico de casi 700 páginas llamado Los siete pilares de la sabiduría, uno de los volúmenes de memorias indispensables del siglo XX, del XXI y quizá de los venideros.
Borges anotó, cerca de 1940, que todos los biógrafos del mundo competirían en desigualdad ante la prosa austera y exacta del capitán Lawrence. Eso no ha desanimado a cada generación a intentar saber de él más que él mismo. Primero se escribieron biografías épicas (pero nada más épico que Los siete pilares); más tarde se intentaron perfiles de corte efusivo o sentimental (como la famosa cinta Lawrence de Arabia, donde el actor Peter O’Toole parece sufrir un ataque interminable de acidez). Ahora, Mack ensaya los macabros métodos del psicoanálisis en desmedro de la memoria de Lawrence.
Si bien el resultado es ameno y quizá legible (pese a que el autor no se ahorra explicaciones sobre el concepto de “trauma” o el de “complejo” de cinco cuartillas promedio), no hace ganar nada a Lawrence y sí lo hace perder bastante. A la luz del psiquiatra, a la luz de las confidencias apresuradas de cartas o de comentarios casuales en cuarteles y salones, interpretados con suficiencia de nigromante, las heroicidades del capitán acaban en simple “megalomanía”, su libro testimonial en “sutil deformación de los hechos” y su figura legendaria, en “mitificación” y “culto de la personalidad”.
Total, que el traductor grandilocuente de la Iliada y la Odisea, el ladino agente inglés en Oriente Medio, el liberador de los pueblos árabes, el guerrillero más grande del siglo XX (su genio militar superaba ampliamente al del más popular en la materia, el atribulado “Che” Guevara) no fue más que una piltrafa humana con buena prensa (y además, buena prensa de su propia mano: Los siete pilares de la sabiduría).
Si los métodos de Mack se aplicaran al Antiguo Testamento, es muy probable que Dios, Abraham, Moisés y Jeremías salieran también muy mal parados.
Un premio Pullitzer y entusiastas reseñas de Time, Newsweek o la New York Review of Books avalan lo cerca que este texto se encuentra del actual gusto imperante: el que pide destazar a cada personaje en el altar del pormenor inútil, la cita oscura, y la maraña de los pies de página.
La edición del tomo y las fotografías que contiene, en cambio, son sobrias y pertinentes.
La historia, como ya supieron Nietszche y los estoicos, es un proceso condenado a rescribirse. Sin embargo, el pensador alemán y sus antecesores clásicos aseguraban que eso sucedería en etapas enormes de tiempo, en ciclos inmensos de eras y edades. Impaciente ante tal desmesura, el psiquiatra y ufólogo John E. Mack ha decidido rescribir la historia un poco antes y ha utilizado casi 700 páginas para estudiar la vida del capitán T.E. Lawrence, mejor conocido como Lawrence de Arabia, muerto en una fecha tan relativamente reciente como 1929 y considerado entre sus compatriotas británicos como un héroe desde entonces. El esfuerzo de Mack resulta colosal, especialmente si se toma en cuenta que la fuente esencial de información sobre Lawrence es un largo texto autobiográfico de casi 700 páginas llamado Los siete pilares de la sabiduría, uno de los volúmenes de memorias indispensables del siglo XX, del XXI y quizá de los venideros.
Borges anotó, cerca de 1940, que todos los biógrafos del mundo competirían en desigualdad ante la prosa austera y exacta del capitán Lawrence. Eso no ha desanimado a cada generación a intentar saber de él más que él mismo. Primero se escribieron biografías épicas (pero nada más épico que Los siete pilares); más tarde se intentaron perfiles de corte efusivo o sentimental (como la famosa cinta Lawrence de Arabia, donde el actor Peter O’Toole parece sufrir un ataque interminable de acidez). Ahora, Mack ensaya los macabros métodos del psicoanálisis en desmedro de la memoria de Lawrence.
Si bien el resultado es ameno y quizá legible (pese a que el autor no se ahorra explicaciones sobre el concepto de “trauma” o el de “complejo” de cinco cuartillas promedio), no hace ganar nada a Lawrence y sí lo hace perder bastante. A la luz del psiquiatra, a la luz de las confidencias apresuradas de cartas o de comentarios casuales en cuarteles y salones, interpretados con suficiencia de nigromante, las heroicidades del capitán acaban en simple “megalomanía”, su libro testimonial en “sutil deformación de los hechos” y su figura legendaria, en “mitificación” y “culto de la personalidad”.
Total, que el traductor grandilocuente de la Iliada y la Odisea, el ladino agente inglés en Oriente Medio, el liberador de los pueblos árabes, el guerrillero más grande del siglo XX (su genio militar superaba ampliamente al del más popular en la materia, el atribulado “Che” Guevara) no fue más que una piltrafa humana con buena prensa (y además, buena prensa de su propia mano: Los siete pilares de la sabiduría).
Si los métodos de Mack se aplicaran al Antiguo Testamento, es muy probable que Dios, Abraham, Moisés y Jeremías salieran también muy mal parados.
Un premio Pullitzer y entusiastas reseñas de Time, Newsweek o la New York Review of Books avalan lo cerca que este texto se encuentra del actual gusto imperante: el que pide destazar a cada personaje en el altar del pormenor inútil, la cita oscura, y la maraña de los pies de página.
La edición del tomo y las fotografías que contiene, en cambio, son sobrias y pertinentes.
Un artista de la exasperación
De Colombia llegó el realismo mágico de Gabriel García Márquez y de Colombia vino después su antídoto más eficaz: la prosa amarga y lúcida de Fernando Vallejo (Medellín, 1942), el autor que ha renovado la prosa latinoamericana con una ferocidad parecida a la que usó Louis Ferdinand Celine para renovar la francesa.
Biólogo, musicólogo, lingüista, cineasta y narrador, autoexiliado de un país que es una carnicería inagotable, Vallejo se ha afanado en agotar las posibilidades de la expresión intelectual.
Indiferente a la gazmoñería de sus críticos y a la reciente ola de interés público por su obra -cuya muestra más cercana es la concesión la pasada semana del premio de novela Rómulo Gallegos 2003 a su libro El desbarrancadero-, jamás ha frecuentado el rol de orador de banquetes que tanto jugo parece dar a otros escritores. En los debates intelectuales en los que se ve involucrado, suele adoptar el papel de verdugo. Se le da bien.
Novelas como La virgen de los sicarios, El desbarrancadero o La rambla paralela son muestras deslumbrantes de emoción literaria, eficacia plástica y precisión verbal. “La poesía está ahora en la prosa, porque los poetas hablan una lengua que ya no le interesa a nadie”, declara él. Con todo, hay pasajes en el monólogo desesperado de sus novelas que son poesía pura.
No sólo por la dureza de adjetivos de su prosa es Vallejo un autor incómodo. La política es otra de las arenas que conocen su talento para el desprecio. Mientras buena parte de la intelectualidad latinoamericana repite los tics políticos de sus antecesores, posando de demócrata o globalifóbico según sople el viento, él denuncia sin fatiga la ineficacia de las instituciones, el colapso moral del continente y la ruindad de santones como Fidel Castro (a quien llama, con una media sonrisa, “el ser más vil en el planeta”).
Sin embargo, el hombre dista de ser un energúmeno. En persona es tímido, habla en voz baja, ronqueando, y demuestra más paciencia que la que se esperaría de él ante reporteros, admiradores o curiosos. En una rueda de prensa durante la pasada Feria Internacional del Libro de Guadalajara, un reportero de no muchas luces le preguntó de pronto si no le gustaban “las muchachas que andan por aquí”. Mientras la gente de la organización tragaba en seco, Vallejo se limitó a sonreír: “A mí, en todo caso, me interesarán los muchachos de Guadalajara”, dijo. Y a otra cosa.
La costumbre de Vallejo de cebar sus críticas en héroes regionales como García Márquez o Fuentes, o de hablar en términos durísimos de los países del área lo ha hecho blanco de cierta crítica de talante nacionalista. En Colombia, no falta quien lo acuse de antipatriota y en México (su país de residencia desde hace años), menudean quienes se llaman a ofensa por las burlas de Vallejo sobre la corrupción del país (“Me dicen que México se está colombianizando, por la violencia. Pero lo que preocupa es que Colombia se está mexicanizando y que ya todo se venda allá, jueces, políticos y policías”, ha dicho él). Por supuesto, estas acusaciones carecen de importancia literaria. La literatura no es una subdivisión del futbol o de la sociología. Y las provocaciones de Vallejo son sólo eso: buena literatura.
De Colombia llegó el realismo mágico de Gabriel García Márquez y de Colombia vino después su antídoto más eficaz: la prosa amarga y lúcida de Fernando Vallejo (Medellín, 1942), el autor que ha renovado la prosa latinoamericana con una ferocidad parecida a la que usó Louis Ferdinand Celine para renovar la francesa.
Biólogo, musicólogo, lingüista, cineasta y narrador, autoexiliado de un país que es una carnicería inagotable, Vallejo se ha afanado en agotar las posibilidades de la expresión intelectual.
Indiferente a la gazmoñería de sus críticos y a la reciente ola de interés público por su obra -cuya muestra más cercana es la concesión la pasada semana del premio de novela Rómulo Gallegos 2003 a su libro El desbarrancadero-, jamás ha frecuentado el rol de orador de banquetes que tanto jugo parece dar a otros escritores. En los debates intelectuales en los que se ve involucrado, suele adoptar el papel de verdugo. Se le da bien.
Novelas como La virgen de los sicarios, El desbarrancadero o La rambla paralela son muestras deslumbrantes de emoción literaria, eficacia plástica y precisión verbal. “La poesía está ahora en la prosa, porque los poetas hablan una lengua que ya no le interesa a nadie”, declara él. Con todo, hay pasajes en el monólogo desesperado de sus novelas que son poesía pura.
No sólo por la dureza de adjetivos de su prosa es Vallejo un autor incómodo. La política es otra de las arenas que conocen su talento para el desprecio. Mientras buena parte de la intelectualidad latinoamericana repite los tics políticos de sus antecesores, posando de demócrata o globalifóbico según sople el viento, él denuncia sin fatiga la ineficacia de las instituciones, el colapso moral del continente y la ruindad de santones como Fidel Castro (a quien llama, con una media sonrisa, “el ser más vil en el planeta”).
Sin embargo, el hombre dista de ser un energúmeno. En persona es tímido, habla en voz baja, ronqueando, y demuestra más paciencia que la que se esperaría de él ante reporteros, admiradores o curiosos. En una rueda de prensa durante la pasada Feria Internacional del Libro de Guadalajara, un reportero de no muchas luces le preguntó de pronto si no le gustaban “las muchachas que andan por aquí”. Mientras la gente de la organización tragaba en seco, Vallejo se limitó a sonreír: “A mí, en todo caso, me interesarán los muchachos de Guadalajara”, dijo. Y a otra cosa.
La costumbre de Vallejo de cebar sus críticas en héroes regionales como García Márquez o Fuentes, o de hablar en términos durísimos de los países del área lo ha hecho blanco de cierta crítica de talante nacionalista. En Colombia, no falta quien lo acuse de antipatriota y en México (su país de residencia desde hace años), menudean quienes se llaman a ofensa por las burlas de Vallejo sobre la corrupción del país (“Me dicen que México se está colombianizando, por la violencia. Pero lo que preocupa es que Colombia se está mexicanizando y que ya todo se venda allá, jueces, políticos y policías”, ha dicho él). Por supuesto, estas acusaciones carecen de importancia literaria. La literatura no es una subdivisión del futbol o de la sociología. Y las provocaciones de Vallejo son sólo eso: buena literatura.
El llanero solitario en La Habana
El de Fidel Castro es un gobierno lleno de logros. Uno de ellos ha sido poner en fuga a buena parte de los mejores autores cubanos, y meter en un corsé a quienes no lo han hecho. Uno de los que no han huido, pero tampoco han sido encorsetados, es Pedro Juan Gutiérrez (La Habana, 1950), narrador de prosa dura y certera, que ha hecho de la crítica a la Cuba contemporánea la materia de sus textos.
La curiosa vida nómada de Gutiérrez ha dejado un poco de lado su trabajo literario. “Fue vendedor de helados y periódicos, cortador de caña, soldado, periodista, contrabandista, pintor, escultor, poeta visual”, aseguran sus editores. Puede agregarse que ha leído con provecho a Sade, a Henry Miller y a Lautremont. Su novela Animal tropical fue ganadora del premio Alfonso García-Ramos, en España, en 2000.
Sabor a mí es la tercera parte de la famosa Trilogía sucia de la Habana (iniciada con Anclado en tierra de nadie y Nada que hacer), triada de volúmenes de relatos que conjugan el estilo barroco y exuberante de Virgilio Piñera con los giros negrísimos del americano Charles Bukowski.
Sus atmósferas opresivas, la promiscuidad de las calles habaneras por donde nunca asoman los turistas, son delineadas con buena pluma. Algunos de los relatos son casi policiales, mientras que otros son puros sexo desatado. Unos y otros tienen por protagonista a la misma desencantada voz, la de un hombre que “no está con los indios ni con los cowboys” y al que le ocupan más las mulatitas del malecón que los discursos del Comandante o la solidaridad –o la inquina- del resto del planeta.
“Yo suavizo la realidad para que no sea tan brutal en los libros”, dijo Gutiérrez al diario español La vanguardia. "En Cuba y en Miami se me ha hecho una lectura política porque hablo de una realidad que normalmente no aparece en los medios de comunicación. Pero yo estoy tan desencantado de la política que no espero nada. Quiero hacer literatura y por eso me alejo tanto de la política".
Poco, salvo certificar la calidad de sus textos, se puede agregar a esta declaración de principios.
El de Fidel Castro es un gobierno lleno de logros. Uno de ellos ha sido poner en fuga a buena parte de los mejores autores cubanos, y meter en un corsé a quienes no lo han hecho. Uno de los que no han huido, pero tampoco han sido encorsetados, es Pedro Juan Gutiérrez (La Habana, 1950), narrador de prosa dura y certera, que ha hecho de la crítica a la Cuba contemporánea la materia de sus textos.
La curiosa vida nómada de Gutiérrez ha dejado un poco de lado su trabajo literario. “Fue vendedor de helados y periódicos, cortador de caña, soldado, periodista, contrabandista, pintor, escultor, poeta visual”, aseguran sus editores. Puede agregarse que ha leído con provecho a Sade, a Henry Miller y a Lautremont. Su novela Animal tropical fue ganadora del premio Alfonso García-Ramos, en España, en 2000.
Sabor a mí es la tercera parte de la famosa Trilogía sucia de la Habana (iniciada con Anclado en tierra de nadie y Nada que hacer), triada de volúmenes de relatos que conjugan el estilo barroco y exuberante de Virgilio Piñera con los giros negrísimos del americano Charles Bukowski.
Sus atmósferas opresivas, la promiscuidad de las calles habaneras por donde nunca asoman los turistas, son delineadas con buena pluma. Algunos de los relatos son casi policiales, mientras que otros son puros sexo desatado. Unos y otros tienen por protagonista a la misma desencantada voz, la de un hombre que “no está con los indios ni con los cowboys” y al que le ocupan más las mulatitas del malecón que los discursos del Comandante o la solidaridad –o la inquina- del resto del planeta.
“Yo suavizo la realidad para que no sea tan brutal en los libros”, dijo Gutiérrez al diario español La vanguardia. "En Cuba y en Miami se me ha hecho una lectura política porque hablo de una realidad que normalmente no aparece en los medios de comunicación. Pero yo estoy tan desencantado de la política que no espero nada. Quiero hacer literatura y por eso me alejo tanto de la política".
Poco, salvo certificar la calidad de sus textos, se puede agregar a esta declaración de principios.
El hombre que escribió sobre México
La muerte del escritor chileno Roberto Bolaño (1953-2003) no sólo representa la pérdida de uno de los mayores prosistas en idioma español de principio de siglo, sino que también ha cancelado el fecundo diálogo literario que el narrador, poeta y ensayista sostuvo durante casi 35 años con México y su cultura. No es exagerado afirmar que el chileno –quien llegó al país junto con su familia en 1968, y residió aquí casi sin interrupción hasta que emigró definitivamente a España en 1984- es uno de los grandes narradores sobre la capital mexicana, y uno de los que mejor ha reflejado su lenguaje y su vida.
“En México tuve mi primera mujer, tuve a mi mejor amigo [el poeta Mario Santiago]; es la casa de mis sueños y mis pesadillas. Cuando pienso en una megalópolis, antes que en Barcelona pienso en la ciudad de México”, afirmaba Bolaño en una entrevista semanas antes de su fallecimiento.
A diferencia de otros autores, que frecuentan la actitud de orador de banquetes, Bolaño cifró su amor por México en la crítica. Calificaba de “figurones” y hasta de “maricas” a Octavio Paz y Carlos Fuentes y no se tomaba la molestia de leer a los viejos canónicos de la prosa nacional: estaba ocupado leyendo a los beat, las novelas negras de Hammett y Chandler, a Cortázar, Borges, Bioy Casares.
Su relación con México no comenzó por ser libresca, sino empírica. Caminó por las estrechas calles del centro histórico y desayunó en los cafés chinos de Bucareli. Fundó junto con Mario Santiago un movimiento poético de vanguardia llamado “infrarrealismo” y celebró las sesiones del grupo con juergas interminables en los más afamados burdeles del oriente de la ciudad.
En alguna noche memorable, en la Casa del Lago, Santiago y Bolaño lanzaron copas contra el presidium, y terminaron enzarzados en una trifulca con los vigilantes del lugar.
Aunque su vida impresa comenzó con la publicación de breves notas en el suplemento de cultura del desaparecido diario El Nacional, que dirigía el poeta español Juan Rejano, el medio cultural mexicano nunca aceptó de buena gana a ese chileno nihilista que no reverenciaba las jerarquías preestablecidas.
Bolaño se fue del país en 1984, pero su obra jamás se fue del todo. Buena parte de sus mejores novelas, como Los detectives salvajes o Amuleto, recrean México con acierto e insolencia. En sus relatos, poemas y artículos, las referencias son continuas, tan tocadas por la nostalgia como por la ironía: “Me fui de México porque no podía escribir. Demasiados amigos, vino y distracciones. Por eso me largué a un lugar donde pudiera escribir sin estar mirando a cada momento por la ventana”.
Justo antes de morir, Bolaño trabajaba en una novela titulada 2666, ambiciosa obra de más de mil páginas al respecto de las muertas de Ciudad Juárez: “Esos crímenes son lo más repugnante que hay ahora mismo, y el gobierno mexicano lo sabe y quizá por ello no hace nada”, declaró a la prensa.
Al aparecer Amberes, el penúltimo libro que publicó en vida, Bolaño le confesaba a Héctor González Jordán, en Reforma: “Me da miedo volver a México. Miedo a perder el único México que me queda, el que me ha acompañado todo este tiempo. Cada año me invitan a ir, la gente es muy amable, pero yo siempre rechazo las invitaciones. ¿Y si por viajar a México ya no puedo escribir nunca más de México? ¿Y si por pasar unos pocos días en México mis fantasmas o ángeles de la guarda mexicanos se desvanecen? Por ahora es preferible no viajar. Cuando haya escrito todo lo que tenía que escribir, iré, y tal vez me quede allí para siempre, en casa de Carmen Boullosa o en casa de mi hermano Enrique o tal vez, y esto sería lo mejor, me vaya al cementerio, pero sin que me lleve nadie sino caminando por mis propios pies”.
Nunca volvió.
La muerte del escritor chileno Roberto Bolaño (1953-2003) no sólo representa la pérdida de uno de los mayores prosistas en idioma español de principio de siglo, sino que también ha cancelado el fecundo diálogo literario que el narrador, poeta y ensayista sostuvo durante casi 35 años con México y su cultura. No es exagerado afirmar que el chileno –quien llegó al país junto con su familia en 1968, y residió aquí casi sin interrupción hasta que emigró definitivamente a España en 1984- es uno de los grandes narradores sobre la capital mexicana, y uno de los que mejor ha reflejado su lenguaje y su vida.
“En México tuve mi primera mujer, tuve a mi mejor amigo [el poeta Mario Santiago]; es la casa de mis sueños y mis pesadillas. Cuando pienso en una megalópolis, antes que en Barcelona pienso en la ciudad de México”, afirmaba Bolaño en una entrevista semanas antes de su fallecimiento.
A diferencia de otros autores, que frecuentan la actitud de orador de banquetes, Bolaño cifró su amor por México en la crítica. Calificaba de “figurones” y hasta de “maricas” a Octavio Paz y Carlos Fuentes y no se tomaba la molestia de leer a los viejos canónicos de la prosa nacional: estaba ocupado leyendo a los beat, las novelas negras de Hammett y Chandler, a Cortázar, Borges, Bioy Casares.
Su relación con México no comenzó por ser libresca, sino empírica. Caminó por las estrechas calles del centro histórico y desayunó en los cafés chinos de Bucareli. Fundó junto con Mario Santiago un movimiento poético de vanguardia llamado “infrarrealismo” y celebró las sesiones del grupo con juergas interminables en los más afamados burdeles del oriente de la ciudad.
En alguna noche memorable, en la Casa del Lago, Santiago y Bolaño lanzaron copas contra el presidium, y terminaron enzarzados en una trifulca con los vigilantes del lugar.
Aunque su vida impresa comenzó con la publicación de breves notas en el suplemento de cultura del desaparecido diario El Nacional, que dirigía el poeta español Juan Rejano, el medio cultural mexicano nunca aceptó de buena gana a ese chileno nihilista que no reverenciaba las jerarquías preestablecidas.
Bolaño se fue del país en 1984, pero su obra jamás se fue del todo. Buena parte de sus mejores novelas, como Los detectives salvajes o Amuleto, recrean México con acierto e insolencia. En sus relatos, poemas y artículos, las referencias son continuas, tan tocadas por la nostalgia como por la ironía: “Me fui de México porque no podía escribir. Demasiados amigos, vino y distracciones. Por eso me largué a un lugar donde pudiera escribir sin estar mirando a cada momento por la ventana”.
Justo antes de morir, Bolaño trabajaba en una novela titulada 2666, ambiciosa obra de más de mil páginas al respecto de las muertas de Ciudad Juárez: “Esos crímenes son lo más repugnante que hay ahora mismo, y el gobierno mexicano lo sabe y quizá por ello no hace nada”, declaró a la prensa.
Al aparecer Amberes, el penúltimo libro que publicó en vida, Bolaño le confesaba a Héctor González Jordán, en Reforma: “Me da miedo volver a México. Miedo a perder el único México que me queda, el que me ha acompañado todo este tiempo. Cada año me invitan a ir, la gente es muy amable, pero yo siempre rechazo las invitaciones. ¿Y si por viajar a México ya no puedo escribir nunca más de México? ¿Y si por pasar unos pocos días en México mis fantasmas o ángeles de la guarda mexicanos se desvanecen? Por ahora es preferible no viajar. Cuando haya escrito todo lo que tenía que escribir, iré, y tal vez me quede allí para siempre, en casa de Carmen Boullosa o en casa de mi hermano Enrique o tal vez, y esto sería lo mejor, me vaya al cementerio, pero sin que me lleve nadie sino caminando por mis propios pies”.
Nunca volvió.
1.7.03
Visiten, si les place, mi side blog, que suele actualizarse mucho más que este. Se llama El arte de la guerra y se complace en la ofensa gratuita y la rabia intensa
24.5.03
Tolkien, los monstruos y los críticos
Cuando minuciosas encuestas, realizadas durante el año 2000 en el mundo anglosajón, mostraron que la trilogía heroica The lord of the rings, de J.R.R. Tolkien, era el título preferido por los lectores de ambas orillas del Atlántico, por encima del Ulises, de Joyce, o de prestigiosos volúmenes de Hemingway, Orwell, Scott Fitzgerald o Faulkner, el fastidio de cierta crítica y ciertos intelectuales alcanzó extremos poco decorosos: el novelista Julian Barnes escupió a la prensa su odio inveterado por el libro; el canónico pensador Harold Bloom lo despachó como “mamotreto reaccionario”, insinuando que una obra de un millar de cuartillas sin escenas explícitamente sexuales resultaba a todas luces inhumana; el Nóbel José Saramago (en mitad de alguno de los solidarios pronunciamientos de su agenda diaria) lo tildó de “enajenante para los jóvenes”; incluso el semidesconocido -pero también histérico- Howard Jacobson, de Londres, declaró el dato “digno del luto mundial”.
El éxito formidable conseguido poco después por la adaptación al cine de la obra, consiguió que ese odio fuera un poco más artero. Pese a que no pocas letanías críticas aseguraban que la historia de Tolkien carecía de actualidad, sentido o interés, el público atiborró las salas en todo el mundo, y las ventas -ya innumerables- del libro se vigorizaron de manera notable, demostrando que la popularidad de la que The lord of the rings ha gozado desde su publicación, en 1954, distaba de haberse apagado.
La razón por la cual un libro persistentemente leído más allá de las modas o el marketing es menospreciado por algunos conocedores de las bellas letras, puede deducirse de algo tan elemental como su temática. Como La Iliada, como el Beowulf, el Ramayana o (válganos Dios) como notables pasajes de la Biblia, The lord of the rings es una obra mitológica y épica, con profusión de pueblos, reinos, batallas y cantos, de nombres de bella y ardua pronunciación, y episodios con la densidad de lo mítico. Y un libro que no aspira a nada menos que a lo fundacional y lo eterno resulta incómodo para quien ha vedado a la literatura ocuparse de asuntos más trascendentes que los juegos de palabras, el rouge de las señoritas o, materia incluso menos estimulante, las ideas sociales de algún iluminado…
Borges anota que para el siglo XX (o mejor aún, para el grupo de notoriedades que vigorosamente decidieron ser el siglo XX) la épica fue un decidido fastidio, y consigna también que buena parte de la intelligentsia creía poco elegante que una historia abordara hechos heroicos. En un sentencioso prólogo, Bioy Casares agrega que las ficciones fantásticas fueron objeto de similar repudio, bajo los usuales cargos de escapismo e inmadurez.
La experimentación verbal, el psicologismo y las reivindicaciones políticas ocuparon de forma sucesiva, a lo largo de los años, la atención de la crítica pretendidamente más seria. Llegado cierto punto, resultaba extraordinario que se disculpara una prosa que, de hecho, presentara algo semejante a una línea argumental que entroncara con las tradiciones narrativas de Occidente.
De las preferencias estéticas de una época bien pueden deducirse sus preferencias éticas: al renegar de lo heroico, no pocos hombres del siglo pasado se condenaron de algún modo a lo abyecto, tanto como al renegar de la imaginación se resignaron al hastío. La necia confusión crítica que quiere que The lord of the rings sea un simple y vano best-seller medra de dos ideas: por un lado, la que afirma que lo heroico (con su profunda carga telúrica) es reaccionario, ridículo o cruel; por otro, la que entiende lo fantástico como un simple recurso para entretener a los infantes, con princesas y monstruos a manera de títeres o sombras chinescas.
La primera, y la madre de todas las impugnaciones escritas después, es la que el oracular Edmund Wilson publicó en las páginas de The Nation en 1956. Wilson confesó su imposibilidad para completar la lectura o recordarla con precisión, tildó la prosa de Tolkien de “arcaica” e “infantil” y terminó por reconocer que su hija había gozado con la lectura por razones que a él se le antojaban arcanas e impenetrables. Tediosamente, los años han acumulado otra serie de detracciones menos literarias, pero no más acertadas: misoginia, racismo, fascismo, antiintelectualismo, neoliberalismo… dependiendo de cuál sea el más terrible pecado en boga que se pueda esgrimir.
C.S. Lewis, W.H. Auden, o, más cerca de nosotros en el tiempo, Fernando Savater, Tom Shippey y Pablo Soler Frost, han refutado, quizá victoriosamente, esos facilismos críticos, y expuesto de paso diferentes miradas sobre las complejidades de Tolkien, quien no sólo remata una rama de la tradición post románica y medieval, sino que ofrece una vía de acceso natural a oscuras joyas de la literatura antigua como Beowulf, Pearl o Sir Gawain and the green knight, y de ese modo, a los romances heroicos escritos después de la caída del imperio romano y antes de las tardías novelas de caballeros que hicieron perder la razón a Alonso Quijano.
Mientras Joyce concentra la historia de su Ulises en un único día inabarcable en Dublín, Tolkien despliega su historia en un tiempo que se mide por génesis, razas, lenguas, migraciones, guerras, apocalipsis. Su obra, pródiga en el vocabulario y sólida en la estructura, abunda además en pormenores entrañables: la plácida vida rural y la tumultuosa de la batalla, el lenguaje cortesano y el popular, el reencuentro inimaginable de los viejos compañeros y la erosión de la vida por el tiempo, los pies desnudos sobre la hierba y el sonido de un cuerno de batalla en la distancia… Quizá pueda abominarse de estos asuntos. Debe notarse, no obstante, que son compartidos por Virgilio, Shakespeare, Joseph Conrad, Pound.
Como suele suceder con los afectos, el que provoca en los lectores The lord of the rings escapa a las explicaciones que lo reduzcan a la estética, la moral o el placer. Baste decir que, para quien ha disfrutado del viaje y la estancia en ella, la Tierra Media de Tolkien es uno de los universos literarios más gratos que hayan sido. Quien resulte insensible a su torvo encanto, corre el riesgo de serlo también ante la cercanía de los amigos, la presencia del océano o la alta montaña, la música verbal del inglés o la fascinación por la manera en que las palabras dan forma a un mundo, bajo la forma de una historia o de una canción.
Cuando minuciosas encuestas, realizadas durante el año 2000 en el mundo anglosajón, mostraron que la trilogía heroica The lord of the rings, de J.R.R. Tolkien, era el título preferido por los lectores de ambas orillas del Atlántico, por encima del Ulises, de Joyce, o de prestigiosos volúmenes de Hemingway, Orwell, Scott Fitzgerald o Faulkner, el fastidio de cierta crítica y ciertos intelectuales alcanzó extremos poco decorosos: el novelista Julian Barnes escupió a la prensa su odio inveterado por el libro; el canónico pensador Harold Bloom lo despachó como “mamotreto reaccionario”, insinuando que una obra de un millar de cuartillas sin escenas explícitamente sexuales resultaba a todas luces inhumana; el Nóbel José Saramago (en mitad de alguno de los solidarios pronunciamientos de su agenda diaria) lo tildó de “enajenante para los jóvenes”; incluso el semidesconocido -pero también histérico- Howard Jacobson, de Londres, declaró el dato “digno del luto mundial”.
El éxito formidable conseguido poco después por la adaptación al cine de la obra, consiguió que ese odio fuera un poco más artero. Pese a que no pocas letanías críticas aseguraban que la historia de Tolkien carecía de actualidad, sentido o interés, el público atiborró las salas en todo el mundo, y las ventas -ya innumerables- del libro se vigorizaron de manera notable, demostrando que la popularidad de la que The lord of the rings ha gozado desde su publicación, en 1954, distaba de haberse apagado.
La razón por la cual un libro persistentemente leído más allá de las modas o el marketing es menospreciado por algunos conocedores de las bellas letras, puede deducirse de algo tan elemental como su temática. Como La Iliada, como el Beowulf, el Ramayana o (válganos Dios) como notables pasajes de la Biblia, The lord of the rings es una obra mitológica y épica, con profusión de pueblos, reinos, batallas y cantos, de nombres de bella y ardua pronunciación, y episodios con la densidad de lo mítico. Y un libro que no aspira a nada menos que a lo fundacional y lo eterno resulta incómodo para quien ha vedado a la literatura ocuparse de asuntos más trascendentes que los juegos de palabras, el rouge de las señoritas o, materia incluso menos estimulante, las ideas sociales de algún iluminado…
Borges anota que para el siglo XX (o mejor aún, para el grupo de notoriedades que vigorosamente decidieron ser el siglo XX) la épica fue un decidido fastidio, y consigna también que buena parte de la intelligentsia creía poco elegante que una historia abordara hechos heroicos. En un sentencioso prólogo, Bioy Casares agrega que las ficciones fantásticas fueron objeto de similar repudio, bajo los usuales cargos de escapismo e inmadurez.
La experimentación verbal, el psicologismo y las reivindicaciones políticas ocuparon de forma sucesiva, a lo largo de los años, la atención de la crítica pretendidamente más seria. Llegado cierto punto, resultaba extraordinario que se disculpara una prosa que, de hecho, presentara algo semejante a una línea argumental que entroncara con las tradiciones narrativas de Occidente.
De las preferencias estéticas de una época bien pueden deducirse sus preferencias éticas: al renegar de lo heroico, no pocos hombres del siglo pasado se condenaron de algún modo a lo abyecto, tanto como al renegar de la imaginación se resignaron al hastío. La necia confusión crítica que quiere que The lord of the rings sea un simple y vano best-seller medra de dos ideas: por un lado, la que afirma que lo heroico (con su profunda carga telúrica) es reaccionario, ridículo o cruel; por otro, la que entiende lo fantástico como un simple recurso para entretener a los infantes, con princesas y monstruos a manera de títeres o sombras chinescas.
La primera, y la madre de todas las impugnaciones escritas después, es la que el oracular Edmund Wilson publicó en las páginas de The Nation en 1956. Wilson confesó su imposibilidad para completar la lectura o recordarla con precisión, tildó la prosa de Tolkien de “arcaica” e “infantil” y terminó por reconocer que su hija había gozado con la lectura por razones que a él se le antojaban arcanas e impenetrables. Tediosamente, los años han acumulado otra serie de detracciones menos literarias, pero no más acertadas: misoginia, racismo, fascismo, antiintelectualismo, neoliberalismo… dependiendo de cuál sea el más terrible pecado en boga que se pueda esgrimir.
C.S. Lewis, W.H. Auden, o, más cerca de nosotros en el tiempo, Fernando Savater, Tom Shippey y Pablo Soler Frost, han refutado, quizá victoriosamente, esos facilismos críticos, y expuesto de paso diferentes miradas sobre las complejidades de Tolkien, quien no sólo remata una rama de la tradición post románica y medieval, sino que ofrece una vía de acceso natural a oscuras joyas de la literatura antigua como Beowulf, Pearl o Sir Gawain and the green knight, y de ese modo, a los romances heroicos escritos después de la caída del imperio romano y antes de las tardías novelas de caballeros que hicieron perder la razón a Alonso Quijano.
Mientras Joyce concentra la historia de su Ulises en un único día inabarcable en Dublín, Tolkien despliega su historia en un tiempo que se mide por génesis, razas, lenguas, migraciones, guerras, apocalipsis. Su obra, pródiga en el vocabulario y sólida en la estructura, abunda además en pormenores entrañables: la plácida vida rural y la tumultuosa de la batalla, el lenguaje cortesano y el popular, el reencuentro inimaginable de los viejos compañeros y la erosión de la vida por el tiempo, los pies desnudos sobre la hierba y el sonido de un cuerno de batalla en la distancia… Quizá pueda abominarse de estos asuntos. Debe notarse, no obstante, que son compartidos por Virgilio, Shakespeare, Joseph Conrad, Pound.
Como suele suceder con los afectos, el que provoca en los lectores The lord of the rings escapa a las explicaciones que lo reduzcan a la estética, la moral o el placer. Baste decir que, para quien ha disfrutado del viaje y la estancia en ella, la Tierra Media de Tolkien es uno de los universos literarios más gratos que hayan sido. Quien resulte insensible a su torvo encanto, corre el riesgo de serlo también ante la cercanía de los amigos, la presencia del océano o la alta montaña, la música verbal del inglés o la fascinación por la manera en que las palabras dan forma a un mundo, bajo la forma de una historia o de una canción.
Conaculta: una tostadora inútil
Los desatinos del gobierno de Vicente Fox no excluyen, por cierto, los –cursimente- llamados asuntos del espíritu. La gestión cultural foxista ha resultado contradictoria y en no pocos momentos, francamente absurda. Ha revelado, además, que la instancia oficial respectiva, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), simplemente no funciona.
Para México, la situación equivale a la (fastidiosísima) de tener descompuesta la tostadora de pan: no es imprescindible, pero más vale que encienda. Lo único peor que un cacharro superfluo es un cacharro superfluo e inútil.
¿Conaculta es un trasto? Sí. La cultura no es un asunto menor, pero tampoco prioritario para el gobierno de un país con recurrentes líos económicos, y que posee (quiere la voz popular, apoyada en estadísticas más o menos espantosas) 40 millones de pobres. Es decir, la necesidad de que México sostenga una burocracia cultural parece más que cuestionable. Al menos en términos éticos, es anormal que se destinen fondos millonarios a becas, exposiciones y premios cuando buena parte de la población padece evidentes carencias materiales.
La cultura de un país no es consecuencia de los -normalmente estériles- programas de su gobierno, sino de una serie de impulsos individuales o de grupo. El poder no debe obstaculizar o hacer imposible la realización de tales impulsos, pero tampoco regirlos y ni siquiera, quizá, patrocinarlos de forma directa. Lo que significa que el papel del estado como promotor y administrador cultural debería excluir el lucro político, evidente -único- objeto final del Conaculta.
El Consejo fue creado en 1989, como parte de la estrategia del ex presidente Salinas para acercarse a los intelectuales. Hasta la fecha, se ha justificado más como una agencia de relaciones públicas y protocolo del gobierno ante el medio cultural que como un verdadero ministerio (verbigracia, jamás funcionó como gestor de la repulsa de los artistas ante las –finalmente cumplidas- amenazas oficiales de gravar la creación). Su situación jurídica es un embrollo, su capacidad de maniobra, prácticamente nula; para colmo, su presupuesto resulta a la vez extravagante e irrisorio (extravagante, pues se destina a un asunto no vital; irrisorio, ya que no alcanza, siquiera lejanamente, para la totalidad de materias que le han sido asignadas).
La actual regenteadora del despacho, la inverosímil Sari Bermúdez, todavía no ha podido ser catalogada de modo convincente como piedra, planta o pez. Lo más probable es que termine clasificándosele como una cruza entre dama de sociedad y funcionaria incompetente.
Ahora que, merced a la nueva ofensiva fiscal del gobierno, se acabaron las exenciones de impuestos para creadores, sería prudente analizar de qué manera el Conaculta puede cumplir alguna función útil. Vaya, si los creadores van a pagar impuestos como cualquier fabricante de tostadoras, sería deseable que la oficina encargada de sus asuntos deje de quemar el pan.
Los desatinos del gobierno de Vicente Fox no excluyen, por cierto, los –cursimente- llamados asuntos del espíritu. La gestión cultural foxista ha resultado contradictoria y en no pocos momentos, francamente absurda. Ha revelado, además, que la instancia oficial respectiva, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), simplemente no funciona.
Para México, la situación equivale a la (fastidiosísima) de tener descompuesta la tostadora de pan: no es imprescindible, pero más vale que encienda. Lo único peor que un cacharro superfluo es un cacharro superfluo e inútil.
¿Conaculta es un trasto? Sí. La cultura no es un asunto menor, pero tampoco prioritario para el gobierno de un país con recurrentes líos económicos, y que posee (quiere la voz popular, apoyada en estadísticas más o menos espantosas) 40 millones de pobres. Es decir, la necesidad de que México sostenga una burocracia cultural parece más que cuestionable. Al menos en términos éticos, es anormal que se destinen fondos millonarios a becas, exposiciones y premios cuando buena parte de la población padece evidentes carencias materiales.
La cultura de un país no es consecuencia de los -normalmente estériles- programas de su gobierno, sino de una serie de impulsos individuales o de grupo. El poder no debe obstaculizar o hacer imposible la realización de tales impulsos, pero tampoco regirlos y ni siquiera, quizá, patrocinarlos de forma directa. Lo que significa que el papel del estado como promotor y administrador cultural debería excluir el lucro político, evidente -único- objeto final del Conaculta.
El Consejo fue creado en 1989, como parte de la estrategia del ex presidente Salinas para acercarse a los intelectuales. Hasta la fecha, se ha justificado más como una agencia de relaciones públicas y protocolo del gobierno ante el medio cultural que como un verdadero ministerio (verbigracia, jamás funcionó como gestor de la repulsa de los artistas ante las –finalmente cumplidas- amenazas oficiales de gravar la creación). Su situación jurídica es un embrollo, su capacidad de maniobra, prácticamente nula; para colmo, su presupuesto resulta a la vez extravagante e irrisorio (extravagante, pues se destina a un asunto no vital; irrisorio, ya que no alcanza, siquiera lejanamente, para la totalidad de materias que le han sido asignadas).
La actual regenteadora del despacho, la inverosímil Sari Bermúdez, todavía no ha podido ser catalogada de modo convincente como piedra, planta o pez. Lo más probable es que termine clasificándosele como una cruza entre dama de sociedad y funcionaria incompetente.
Ahora que, merced a la nueva ofensiva fiscal del gobierno, se acabaron las exenciones de impuestos para creadores, sería prudente analizar de qué manera el Conaculta puede cumplir alguna función útil. Vaya, si los creadores van a pagar impuestos como cualquier fabricante de tostadoras, sería deseable que la oficina encargada de sus asuntos deje de quemar el pan.
El canalla amor de Pepe Carioca
Hechiceras hostiles dictaminaron hace siglos la incompetencia de la selección mexicana de futbol, bastión principal e insuperable muestrario de las taras, lacras y chafencias de nuestra cultura. Pero nadie más que el Señor de las Tinieblas pudo haber provocado la consecuencia de tal ineptitud: el rastrero amor de los mexicanos por la selección de Brasil, en cuyas frecuentes victorias buscamos consuelo por nuestras frecuentísimas derrotas y nuestra asombrosa constancia en el fracaso.
¿De dónde nace esa querencia malsana por un país con el que no se comparte ni la lengua, ni la historia, ni el menor de los intereses comerciales? ¿A qué se debe que ningún niño de la Escuela Urbana “Mártires del Bilateralismo” se llame, por ejemplo, Den Xiao Ping o Desmond Tutu, y abunden en cambio los que responden por Ronaldo, Rivaldo, Romualdo o Retardo?
El único lugar en que México y Brasil han convivido con naturalidad es la mente paidofílica de Walt Disney, que orilló al Pato Donald a integrar un ménage à trois avícola con el estomagante Pepe Carioca y el oligofrénico y charroide Pancho Pistolas en ese atroz panegírico de la doctrina Monroe llamado Los Tres Caballeros. Hagamos memoria, por favor. De Brasil no nos han llegado más que plagas y maldiciones: Roberto Carlos, Denisse de Kalaffe, el “pequeño gigante de la canción” Nelson Ned, los cursos de Pelé para disfrutar de la vida y los de Paulo Coelho para plantarle cara a la muerte.
Alguien dirá que el apego al equipo verdeamarillo proviene de la natural admiración por quien, a diferencia de lo que ocurre con nuestro pasado y presente y más probable futuro, es capaz de ganar algo aunque sea dándole de coces a un balón. Pero tal argumento está viciado de irrealidad: el aficionado nativo permanece indiferente, cuando no lamenta, los lauros del Dream Team estadounidense de basquetbol, las victorias kenianas en el maratón o las chinas en los clavados. Además, el nuestro es un país que no levanta estatuas a los ganadores, y si lo hace es sólo para que una multitud les arroje huevazos al revolucionario son de una chirimía.
No, la pasión por los brasileños debe ser alimentada por alguna causa psicológica espeluznante, que involucrará sin duda prietísimos deseos sexuales. Se les defiende. Se les llora. Se les ama con una vehemencia que supera la de los hashishins por el Viejo de la Montaña.
Los argentinos, cabe recordar, han tenido una participación más decisiva y memorable en la liga mexicana; algunos de ellos incluso se han nacionalizado y jugado con la camiseta verde de la selección (y, consecuentemente, jugado mal). Sin embargo, no hay un mexicano que no haga chistes de argentinos, incluso si lo más cercano que conoce a uno sea el ejemplar de Mafalda hojeado en la peluquería hace quince años.
Sólo a los nacidos en las favelas más cochambrosas les están reservados nuestros suspiros, aunque vivan medio siglo entre nosotros y jamás aprendan español, aunque se comporten con unas ínfulas que ya quisiera la reina Isabel para un jubileo, aunque, en fin, a nadie en Brasil le importe si nuestra selección (o el país completo) vive, muere, o es barrido de las canchas por Burkina-Fasso. Nadie ha dicho que los amores tengan que ser razonables. También las meseras se enamoran de los cancioneros, también los taxistas se enamoran de las vedettes (y los toros de la luna, asegura el sin igual Joselito).
Aquel viejo cartón del dibujante Trino lo demuestra mejor que un ensayo doctoral: “¿Es cierto que violaron a tu hermana en el estadio?”, dice un niño a su amigo. “Sí. La violaron”, responde éste. “Pero por suerte fueron unos brasileños”.
(La Tempestad publicó esto hace no tanto)
Hechiceras hostiles dictaminaron hace siglos la incompetencia de la selección mexicana de futbol, bastión principal e insuperable muestrario de las taras, lacras y chafencias de nuestra cultura. Pero nadie más que el Señor de las Tinieblas pudo haber provocado la consecuencia de tal ineptitud: el rastrero amor de los mexicanos por la selección de Brasil, en cuyas frecuentes victorias buscamos consuelo por nuestras frecuentísimas derrotas y nuestra asombrosa constancia en el fracaso.
¿De dónde nace esa querencia malsana por un país con el que no se comparte ni la lengua, ni la historia, ni el menor de los intereses comerciales? ¿A qué se debe que ningún niño de la Escuela Urbana “Mártires del Bilateralismo” se llame, por ejemplo, Den Xiao Ping o Desmond Tutu, y abunden en cambio los que responden por Ronaldo, Rivaldo, Romualdo o Retardo?
El único lugar en que México y Brasil han convivido con naturalidad es la mente paidofílica de Walt Disney, que orilló al Pato Donald a integrar un ménage à trois avícola con el estomagante Pepe Carioca y el oligofrénico y charroide Pancho Pistolas en ese atroz panegírico de la doctrina Monroe llamado Los Tres Caballeros. Hagamos memoria, por favor. De Brasil no nos han llegado más que plagas y maldiciones: Roberto Carlos, Denisse de Kalaffe, el “pequeño gigante de la canción” Nelson Ned, los cursos de Pelé para disfrutar de la vida y los de Paulo Coelho para plantarle cara a la muerte.
Alguien dirá que el apego al equipo verdeamarillo proviene de la natural admiración por quien, a diferencia de lo que ocurre con nuestro pasado y presente y más probable futuro, es capaz de ganar algo aunque sea dándole de coces a un balón. Pero tal argumento está viciado de irrealidad: el aficionado nativo permanece indiferente, cuando no lamenta, los lauros del Dream Team estadounidense de basquetbol, las victorias kenianas en el maratón o las chinas en los clavados. Además, el nuestro es un país que no levanta estatuas a los ganadores, y si lo hace es sólo para que una multitud les arroje huevazos al revolucionario son de una chirimía.
No, la pasión por los brasileños debe ser alimentada por alguna causa psicológica espeluznante, que involucrará sin duda prietísimos deseos sexuales. Se les defiende. Se les llora. Se les ama con una vehemencia que supera la de los hashishins por el Viejo de la Montaña.
Los argentinos, cabe recordar, han tenido una participación más decisiva y memorable en la liga mexicana; algunos de ellos incluso se han nacionalizado y jugado con la camiseta verde de la selección (y, consecuentemente, jugado mal). Sin embargo, no hay un mexicano que no haga chistes de argentinos, incluso si lo más cercano que conoce a uno sea el ejemplar de Mafalda hojeado en la peluquería hace quince años.
Sólo a los nacidos en las favelas más cochambrosas les están reservados nuestros suspiros, aunque vivan medio siglo entre nosotros y jamás aprendan español, aunque se comporten con unas ínfulas que ya quisiera la reina Isabel para un jubileo, aunque, en fin, a nadie en Brasil le importe si nuestra selección (o el país completo) vive, muere, o es barrido de las canchas por Burkina-Fasso. Nadie ha dicho que los amores tengan que ser razonables. También las meseras se enamoran de los cancioneros, también los taxistas se enamoran de las vedettes (y los toros de la luna, asegura el sin igual Joselito).
Aquel viejo cartón del dibujante Trino lo demuestra mejor que un ensayo doctoral: “¿Es cierto que violaron a tu hermana en el estadio?”, dice un niño a su amigo. “Sí. La violaron”, responde éste. “Pero por suerte fueron unos brasileños”.
(La Tempestad publicó esto hace no tanto)